miércoles, 14 de septiembre de 2016

Perseo y Medusa

Cuatro generaciones antes del nacimiento de Hércules, reinaba en la ciudad de Argos el cruel Acrisio, hijo de Abante. Deseoso de engendrar un hijo varón que lo sucediera tras su muerte, el rey Acrisio consultó el oráculo de Delfos. Lo que la Pitia comunicó al monarca fue contrario a sus deseos: Acrisio jamás engendraría a un hijo varón, y de hecho sería su propio nieto quien acabaría con su vida y le arrebataría la corona.

Consternado por la profecía del oráculo, Acrisio regresó a Argos dispuesto a
 evitar el nacimiento de su nieto. Para ello, ordenó encerrar a su única hija, la princesa Dánae, en una mazmorra subterránea o una torre. 

Así ocurrió. No obstante, desde lo alto del monte Olimpo, Zeus observó a Dánae, la hija de rey, mientras la joven languidecía atrapada en su prisión. El rey de los dioses se deslizó entonces en el interior de la celda y sedujo a Dánae en forma de oro líquido. Nueve meses después, de aquel encuentro nacería Perseo, uno de los primeros héroes y grandes reyes de  la Grecia heroica. 

Cuando Acrisio descubrió que su hija había dado a luz, no creyó que Zeus la hubiera seducido, de modo que, furioso, el monarca introdujo a Dánae y a su nieto en una cesta o caja de madera y ordenó que ésta fuera arrojada al mar.

Las olas arrastraron el arcón al mar, pero ni Dánae ni Perseo murieron
, sino que las aguas del mar los condujeron hasta la isla de Sérifos, donde fueron rescatados por un pescador llamado Dictis, el humilde hermano del rey de la isla, y su mujer Clímene. Educado por Dánae y el matrimonio de pescadores, Perseo creció en la isla de Sérifos, muy lejos del rey Acrisio y del trono de Argos, su verdadero hogar. 


Perseo y Medusa. Cerámica de figuras negras. 
Siglo VI a.C.
Reinaba en Sérifos Polidectes, hermano de Dictis, al cual Polidectes había expulsado del trono en un alzamiento ilegítimo. Cuando Perseo fue adulto, Polidectes se enamoró de Dánae, pero el rey no se atrevió a tomarla en posesión encontrándose Perseo en la isla. Así pues, para que el héroe no pudiera proteger a su madre, el rey Polidectes tramó un engaño: convocó a los hombres de la ciudad y les hizo creer que se disponía a reunir una gran dote para su matrimonio con la doncella Hipodamía, hija de Enómao. Para deshacerse de Perseo, Polidectes le ordenó hacerse con un regalo único para Hipodamía: la cabeza de la Gorgona Medusa. El rey lo enviaba de esta forma a una muerte segura, ya que Medusa podía convertir en piedra a aquel que se atreviera a mirarla. El monstruo tenía una cabeza rodeada de serpientes, grandes colmillos como de jabalí, manos de bronce y alas de oro por medio de las cuales podía volar. 


Perseo y Medusa. Céramica de figuras rojas. 
Siglo V a.C.
Perseo viajó en primer lugar hasta la morada de las Greas, hijas de Forcis y Ceto, llamadas Enio, Pefredo y Dino. Éstas habitaban cerca del lago Tritónide, en las arenas de Libia, y compartían un solo ojo y un diente. Tras arrebatarles el ojo y el diente a las Greas, Perseo las obligó a revelarle el paradero de unas ninfas que poseían artefactos mágicos que lo ayudarían en su misión. Las Greas le indicaron el camino hacia las ninfas, y cuando Perseo las encontró, en efecto las ninfas lo obsequiaron con un morral, unas sandalias aladas y el casco de Hades, que podía volver invisible a su portador. 

Perseo se echó el morral alrededor del cuello, se puso el yelmo en la cabeza y se ciñó las sandalias. Entonces echó a volar en dirección al Océano, donde se encontraba la guarida de las Gorgonas. El dios Hermes le entregó una hoz, con la cual habría de cortarle la cabeza a Medusa, la única Gorgona que podía morir. Al contrario que ella, sus hermanas eran inmortales; sus nombres eran Esteno y Euríale. 


Perseo decapita a una versión de Medusa distinta a la recogida
por las fuentes escritas. Relieve del siglo VII a.C.
Oculto con el casco de Hades y empuñando la hoz de Hermes, mientras las Gorgonas dormían, Perseo se colocó sobre ellas. Atenea guió su mano, haciéndole volverse y mirar el reflejo del monstruo en la superficie pulida de su escudo de bronce. Entonces Perseo le cortó la cabeza a Medusa, y de la herida abierta salieron el caballo Pegaso y también Crisaor, padre de Geriones, ambos hijos de Poseidón. Perseo guardó la cabeza de Medusa en el morral y se dispuso a abandonar la guarida de las Gorgonas, y aunque las hermanas de Medusa despertaron de su sueño y comenzaron a perseguirlo, no pudieron atraparlo, ya que el casco de Hades lo hacía invisible.

En el oeste, tras enfrentarse a Medusa, Perseo se encontró con el titán Atlas (de tamaño gigantesco) mientras volaba de regreso a Sérifos. Atlas, que era enemigo de Zeus y sus descendientes, impidió a Perseo descansar en sus tierras. Por eso Perseo lo convirtió en montaña enseñándole la cabeza de Medusa. Nacía así la cordillera del Atlas.

En su vuelo de regreso a Sérifos, Perseo convirtió en piedra a la monstruosa diosa marina Ceto, salvando así a la princesa etíope Andrómeda. Tras rescatar a la princesa, Perseo la tomó como esposa. Entonces Fineo, anterior pretendiente de la joven, reunió a sus hombres y se enfrentó al héroe. Pero Perseo salió victorioso, y después de pasar un año en Etiopía y tener un hijo con Andrómeda, regresó a Sérifos. 



Perseo y Andrómeda. Mosaico romano. 
Siglo II-III d.C. aprox.
En su ausencia, Polidectes había tratado de raptar a Dánae. Ahora, la madre de Perseo se refugiaba en el altar de Zeus. Cuando Perseo acudió ante el rey Polidectes y le informó de que había conseguido la cabeza de Medusa, el rey lo acusó de estar mintiendo. Entonces, para castigar la maldad de Polidectes y burlarse de su incredulidad, Perseo le mostró a la cabeza de Medusa y lo convirtió en piedra, salvando así a su madre del cruel rey. Después, Perseo entregó el trono de Sérifos a Dictis, quien lo había recogido del mar y criado cuando era un niño, y que era el legítimo rey. 

Tras derrocar a Polidectes, Perseo intentó reconciliarse con su abuelo, pero el rey Acrisio se negó a verlo por temor a la profecía. Más tarde, Perseo participó en una competición en la ciudad de Larisa. Sin saberlo, el rey Acrisio acudió como espectador. Lanzando un disco, Perseo alcanzó y mató accidentalme a Acrisio, cumpliéndose así la profecía del oráculo. Aunque Perseo se convirtió en el nuevo rey de Argos, avergonzado por la muerte de su abuelo, decidió cambiar su reino por el de su primo. Así, Perseo recibió la corona de Tirinto y fundó la ciudad de Micenas, futura patria de Agamenón, donde reinó hasta su muerte junto a su esposa, Andrómeda.



Fuentes:
Apolodoro, Biblioteca mitológica.
Pausanias, Descripción de Grecia.
Ovidio, Metamorfosis

  

viernes, 15 de abril de 2016

Prometeo, de Goethe

«Cubre tu cielo, Zeus,
con un velo de nubes,
y juega, tal muchacho
que descabeza cardos,
con encinas y montañas;
pero mi tierra
deja en paz
y mi cabaña,
que tú no has hecho,
y mi hogar,
por cuyo fuego
me envidias.

¡No conozco nada más miserable bajo el sol
que vosotros, dioses!
Pobremente sustentáis con sacrificios
y aliento de oraciones
vuestra majestad,
y moriríais
si pordioseros y niños
no enloqueciesen de esperanza.

¡Y, cuando era niño,
no sabía por qué volvía
al sol la mirada extraviada!
¡Como si en lo alto alguien hubiera
que oyese mi lamento,
o un corazón que, como el mío,
se apiadase del oprimido!

¿Quién me ayudó
contra la furia de los titanes?
¿Quién me salvó de la muerte
y de la esclavitud?
¿Acaso no lo hiciste tú todo,
sagrado y ardiente corazón?
¿Y te consumiste, joven y bueno,
engañado, esperando algo
del que duerme allá arriba?
¿Que te venere? ¿Para qué?
¿Has mitigado el dolor del ofendido?
¿Has enjugado el llanto del sumido en la angustia?
¿Acaso no me hicieron hombre
el tiempo omnipotente
y el eterno destino,
mis señores y los tuyos?
¿Creíste tal vez
que odiar debía la vida
y huir al desierto
porque no todos los sueños maduraron?

Aquí estoy y me afianzo;
formo hombres
según mi idea;
un linaje semejante a mí,
que sufra, llore,
goce y se alegre,
¡y que no te respete,
como yo!»
Prometeo, Johann Wolfgang von Goethe 

jueves, 7 de abril de 2016

El hombre y los dioses según Benjamin Franklin

«Creo que hay Un Ser Supremo, el más perfecto, Autor y Padre de los propios Dioses. Pues yo sostengo que el Hombre no es el ser más perfecto sino Uno, ya que, como hay tantos Grados de Seres Inferiores a él, así hay también muchos Grados de Seres superiores. Asimismo, cuando extiendo mi imaginación a través y más allá de nuestro Sistema de Planetas, allende las propias Estrellas visibles según han sido establecidas, hacia ese Espacio que es en todo Aspecto infinito, y me lo figuro lleno de Soles como el nuestro, cada uno con un Coro de Mundos moviéndose eternamente a su alrededor, entonces esta pequeña Esfera en que nos movemos parece ser, incluso en mi limitada Imaginación, prácticamente Nada, y yo mismo soy menos aún que nada, de ninguna Relevancia.  
Cuando pienso, así pues, imagino que es signo de una gran Vanidad esperar que aquel que es Supremamente Perfecto fabrique en última instancia una Nimiedad tan insignificante como el Hombre. Lo que es más, puesto que es imposible para mí tener ninguna Idea clara ni contundente de aquello que es infinito e incomprensible, no puedo concebir que Él, el Padre Infinito, espere o requiera de hecho algún tipo de Adoración o Alabanza por nuestra parte, sino que él está INIFINITAMENTE POR ENCIMA DE ELLO. Pero puesto que hay en todos los Hombres algo semejante a un Principio natural que les inclina a la DEVOCIÓN o la Adoración de algún poder invisible; y puesto que los Hombres poseen una Razón superior a la de todos los demás Animales que conozcamos en nuestro Mundo; por todo ello creo que es demandado de mi persona, es mi Deber como un Hombre, rendir Homenaje Divino a ALGO.  
Yo CONCIBO por ello que aquel que es INFINITO ha creado muchos seres o Dioses, vastamente superiores al Hombre, que pueden comprender sus Perfecciones mejor que nosotros, y devolverle una Alabanza más racional y gloriosa. Es esto igual que para los Hombres, entre los cuales la Alabanza de los Ignorantes o de los Niños carece de valor para el ingenioso Pintor o Arquitecto, a quienes honra y complace más bien la Aprobación de Hombres sabios y Artistas.  
Puede ser que estos Dioses creados sean inmortales, o puede que tras muchas Eras ellos cambien y Otros ocupen su Lugar. Comoquiera que sea, imagino que cada uno de éstos nos sobrepasa, sabios y buenos y muy poderosos; y que cada Uno ha fabricado para sí un Sol glorioso asistido por un hermoso y admirable Sistema de Planetas. Es ese Dios sabio y bueno en particular que es Autor y Dueño de nuestro Sistema a quien yo propongo como el Objeto de mi Adoración y mis Alabanzas.  
Y es que concibo que él alberga algunas de esas mismas Pasiones que ha implantado en nosotros, y que, puesto que nos ha dotado de una Razón mediante la cual somos capaces de observar su Sabiduría en la Creación, él es capaz de preocuparse de nosotros, complaciéndose con nuestras Alabanzas y ofendiéndose cuando lo despreciamos o ignoramos su Gloria. Pienso por muchas Razones que él es un buen Ser, y puesto que yo debería ser feliz de contar con un Ser tan sabio, bueno y poderoso como Amigo, ahondaré en qué Manera debo yo buscar su aceptación.  
Junto con la Alabanza que su Sabiduría merece, creo que él se complace en la Felicidad de aquellos a quienes ha creado; puesto que sin Virtud el Hombre no puede alcanzar la Felicidad en este Mundo, y creo firmemente que él se complace al comprobar mi Virtud, porque él se alegra cuando me ve Feliz.  
Y puesto que ha creado tantas Cosas que parecen meramente diseñadas para el Deleite del Hombre, creo que él no se ofende cuando ve a sus Niños solazarse de cualquier manera mediante Ejercicios y Placeres inocentes, y creo que no hay Placer inocente que pueda ser dañino para el Hombre.  
Lo amo así pues, por su Bondad y lo adoro por su Sabiduría.  
Espero no dejar de adorar a mi Dios constantemente, ya que es su Deber, y es todo lo que yo puedo devolverle por sus muchos Favores y gran Bondad hacia mi persona; y espero mostrarme decidido a obrar con virtud, de forma que pueda ser feliz, y que pueda satisfacerle a Él, que se complace de verme a mí feliz. Amén.»

Benjamin Franklin, 20 de noviembre de 1728.

lunes, 4 de abril de 2016

La creación del universo y los dioses según Tito Lucrecio Caro

«Ellos no crearon el mundo para nosotros, ¿por qué habrían de hacerlo? No crearon al hombre, ¿cómo podrían? No concibieron la misma idea del hombre hasta que la naturaleza y las causas naturales, la unión de los átomos, les mostraron la manera. Además, los dioses eran absolutamente felices tal y como existían, y la creación del hombre no habría podido incrementar su felicidad. Después de innumerables intentos e innumerables fracasos, la concurrencia de los átomos formó el mundo de forma gradual.»
Lucrecio, De Rerum Natura (Libro V), siglo I a.C. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Los hombres y los monstruos según Robert E. Howard

«Han desaparecido. Las harpías, los hombres murciélago, las criaturas aladas, el pueblo de los lobos, los demonios, los duendes... [...] Larga y cruel fue la guerra, arrastrada durante siglos sangrientos, desde que los primeros hombres, saliendo del limo de la era simiesca, se alzaron contra los que entonces gobernaban el mundo. Y, finalmente, la humanidad triunfó, hace ya tanto tiempo que sólo los escombros de las leyendas permiten que aquellos tiempos remotos lleguen a nosotros atrevesando los siglos.»

Robert E. Howard, El Reino de las Sombras.

viernes, 20 de junio de 2014

Ragnarök, el destino de los dioses

En el fin de los tiempos, tres inviernos de grandes luchas se sucederán en todo el mundo. Los hombres se enfrentarán a sus propios hermanos movidos por la codicia y sobrevendrá entonces un terrible invierno sobre el mundo que durará tres años más. Soplará un frío gélido y, desde todos los confines, descenderán tormentas de nieve que oscurecerán el cielo. 

Los lobos devorarán el sol y la luna y las estrellas caerán del cielo. Toda la tierra se estremecerá: las montañas se derrumbarán y el mar se volcará sobre la tierra, agitado por la serpiente de Midgard, que se revolcará con violencia y corromperá el aire y las aguas con su ponzoñoso veneno. Se soltará el barco Naglfar, construido con las uñas de los muertos, y es por ello, para no aumentar el tamaño de Naglfar, que los hombres deben morir con las uñas cortadas. El gigante Hrym lo conducirá, y será libre también Fenrir, el lobo hijo de Loki, el cual, echando fuego por los ojos y las fauces, devorará cuanto encuentre a su paso. Se quebrará entonces el cielo y descenderán cabalgando de la brecha los hijos de Muspel, el mundo del fuego, liderados por Surt. Envuelto en llamas, éste blandirá su espada, más brillante que el sol, y destruirá junto a los demás el puente Bifrost, que conduce al reino de los dioses. 

El lobo Fenrir. Manuscrito islandés del siglo XVI.
Entonces acudirán al llano de Vigrid el lobo Fenrir, la serpiente de Midgard, los hijos de Muspel y los gigantes de la escarcha, liderados éstos por Hrym, y también Loki, a quien le seguirán todos los hombres del infierno. Cuando esto suceda, Heimdal el blanco tocará con fuerza el cuerno Giallarhorn, despertarán los dioses y éstos se reunirán para deliberar. En busca de respuestas, Odín cabalgará a la fuente de Mimir, quien aconsejará a los dioses. Éstos se pondrán sus arreos de combate y llamarán a los guerreros caídos de Valhalla y Vingolf. El fresno Yggdrasil se tambaleará, y comenzará en aquel momento la batalla final de los dioses

El dios Loki. Manuscrito islandés
del siglo XVII.
Odín cabalgará el primero hacia el enemigo, armado con su yelmo de oro, su brillante cota y la lanza Gungnir. Se enfrentará al lobo Fenrir, y Thor estará a su lado luchando con la serpiente de Midgard. Frey luchará contra Surt y mantendrá con él un terrible combate, pero morirá, pues no tendrá consigo la espada que le dio a Skirnir. Se soltará entonces el perro Garm, un monstruo terrible, que se enfrentará a Tyr. Ambos se destruirán mutuamente en la batalla. Thor logrará dar muerte a la serpiente de Midgard, pero, abatido por su veneno, caerá muerto a tierra tras dar nueve pasos. El lobo Fenrir devorará entonces a Odín. Vidar correrá a enfrentarse a la bestia y, pisando su mandíbula inferior, cogerá la superior y le abrirá la boca hasta desgarrársela y matarlo. En el pie con que pisará la mandíbula de Fenrir llevará un zapato hecho con los picos que los hombres recortan de sus sandalias para dejar al descubierto los dedos y el talón. Es por eso, para ayudar a los dioses en su batalla, que los hombres deben apartar esos picos. Loki se enfrantará a Heimdal y ambos se matarán el uno al otro. Nadie acabará con Surt, que lanzará su fuego sobre la tierra y abrasará el mundo entero. 

La batalla de los dioses, por Friedrich
Wilhelm Heine, 1882. 
Pero en el futuro la tierra emergerá de nuevo de entre las aguas, verde y hermosa, y el sol tendrá una hija, Alfrodul, quien traerá otra vez la luz al mundo. Vidar y Vali, que sobrevivieron a la batalla de los dioses, vivirán en el campo de Idi, donde antes estuvo Asgard. Llegarán allí los hijos de Thor, Modi y Magni, que blandirán su martillo, Mjiollnir, y Balder y Hod regresarán del infierno. El hombre volverá a poblar la tierra finalmente, pues en el bosque de Hoddmimir se ocultó del fuego de Surt una pareja de humanos, Lif y Liftrasir, quienes engendrarán a una numerosa descendencia. 


Fuente:
Snorri Sturluson, Edda Menor.

viernes, 2 de mayo de 2014

Nostalgia por lo desconocido, por Clark Ashton Smith


«En ocasiones, se adueña de mí la nostalgia por lo desconocido, por tierras ya olvidadas o aún por descubrir. Anhelo a menudo el fulgor de soles amarillos, resplandecientes sobre terrazas de translúcido mármol añil que recuerdan a las aguas insondables de lagos en calma. Anhelo la visión de legendarios palacios perdidos, de serpentina, de plata y ébano, cuyas columnas se asemejan a verdes estalactitas. Anhelo los pilares de templos derruidos, alzados una vez en el amplio ocaso púrpura de una tierra de romance perdido. Suspiro por el verde oscuro de profundos bosques de cedros, a través de cuyas ramas, tejidas con prodigio, se atisba a intervalos un desconocido océano tropical como destellos de diamante azul. Suspiro por las islas de palmeras y coral recortadas sobre una mañana ambarina en algún lugar más allá de Catay o Taprobane. Suspiro por las extrañas ciudades ocultas del desierto, con sus orgullosas cúpulas ardientes y esbeltas agujas de oro y cobre que hienden un cielo de intenso lapislázuli.»

Clark Ashton Smith, Nostalgia por lo desconocido.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Perseo y Medusa

Cuatro generaciones antes del nacimiento de Hércules, reinaba en la ciudad de Argos el cruel Acrisio, hijo de Abante. Deseoso de engendrar un hijo varón que lo sucediera tras su muerte, el rey Acrisio consultó el oráculo de Delfos. Lo que la Pitia comunicó al monarca fue contrario a sus deseos: Acrisio jamás engendraría a un hijo varón, y de hecho sería su propio nieto quien acabaría con su vida y le arrebataría la corona.

Consternado por la profecía del oráculo, Acrisio regresó a Argos dispuesto a
 evitar el nacimiento de su nieto. Para ello, ordenó encerrar a su única hija, la princesa Dánae, en una mazmorra subterránea o una torre. 

Así ocurrió. No obstante, desde lo alto del monte Olimpo, Zeus observó a Dánae, la hija de rey, mientras la joven languidecía atrapada en su prisión. El rey de los dioses se deslizó entonces en el interior de la celda y sedujo a Dánae en forma de oro líquido. Nueve meses después, de aquel encuentro nacería Perseo, uno de los primeros héroes y grandes reyes de  la Grecia heroica. 

Cuando Acrisio descubrió que su hija había dado a luz, no creyó que Zeus la hubiera seducido, de modo que, furioso, el monarca introdujo a Dánae y a su nieto en una cesta o caja de madera y ordenó que ésta fuera arrojada al mar.

Las olas arrastraron el arcón al mar, pero ni Dánae ni Perseo murieron
, sino que las aguas del mar los condujeron hasta la isla de Sérifos, donde fueron rescatados por un pescador llamado Dictis, el humilde hermano del rey de la isla, y su mujer Clímene. Educado por Dánae y el matrimonio de pescadores, Perseo creció en la isla de Sérifos, muy lejos del rey Acrisio y del trono de Argos, su verdadero hogar. 


Perseo y Medusa. Cerámica de figuras negras. 
Siglo VI a.C.
Reinaba en Sérifos Polidectes, hermano de Dictis, al cual Polidectes había expulsado del trono en un alzamiento ilegítimo. Cuando Perseo fue adulto, Polidectes se enamoró de Dánae, pero el rey no se atrevió a tomarla en posesión encontrándose Perseo en la isla. Así pues, para que el héroe no pudiera proteger a su madre, el rey Polidectes tramó un engaño: convocó a los hombres de la ciudad y les hizo creer que se disponía a reunir una gran dote para su matrimonio con la doncella Hipodamía, hija de Enómao. Para deshacerse de Perseo, Polidectes le ordenó hacerse con un regalo único para Hipodamía: la cabeza de la Gorgona Medusa. El rey lo enviaba de esta forma a una muerte segura, ya que Medusa podía convertir en piedra a aquel que se atreviera a mirarla. El monstruo tenía una cabeza rodeada de serpientes, grandes colmillos como de jabalí, manos de bronce y alas de oro por medio de las cuales podía volar. 


Perseo y Medusa. Céramica de figuras rojas. 
Siglo V a.C.
Perseo viajó en primer lugar hasta la morada de las Greas, hijas de Forcis y Ceto, llamadas Enio, Pefredo y Dino. Éstas habitaban cerca del lago Tritónide, en las arenas de Libia, y compartían un solo ojo y un diente. Tras arrebatarles el ojo y el diente a las Greas, Perseo las obligó a revelarle el paradero de unas ninfas que poseían artefactos mágicos que lo ayudarían en su misión. Las Greas le indicaron el camino hacia las ninfas, y cuando Perseo las encontró, en efecto las ninfas lo obsequiaron con un morral, unas sandalias aladas y el casco de Hades, que podía volver invisible a su portador. 

Perseo se echó el morral alrededor del cuello, se puso el yelmo en la cabeza y se ciñó las sandalias. Entonces echó a volar en dirección al Océano, donde se encontraba la guarida de las Gorgonas. El dios Hermes le entregó una hoz, con la cual habría de cortarle la cabeza a Medusa, la única Gorgona que podía morir. Al contrario que ella, sus hermanas eran inmortales; sus nombres eran Esteno y Euríale. 


Perseo decapita a una versión de Medusa distinta a la recogida
por las fuentes escritas. Relieve del siglo VII a.C.
Oculto con el casco de Hades y empuñando la hoz de Hermes, mientras las Gorgonas dormían, Perseo se colocó sobre ellas. Atenea guió su mano, haciéndole volverse y mirar el reflejo del monstruo en la superficie pulida de su escudo de bronce. Entonces Perseo le cortó la cabeza a Medusa, y de la herida abierta salieron el caballo Pegaso y también Crisaor, padre de Geriones, ambos hijos de Poseidón. Perseo guardó la cabeza de Medusa en el morral y se dispuso a abandonar la guarida de las Gorgonas, y aunque las hermanas de Medusa despertaron de su sueño y comenzaron a perseguirlo, no pudieron atraparlo, ya que el casco de Hades lo hacía invisible.

En el oeste, tras enfrentarse a Medusa, Perseo se encontró con el titán Atlas (de tamaño gigantesco) mientras volaba de regreso a Sérifos. Atlas, que era enemigo de Zeus y sus descendientes, impidió a Perseo descansar en sus tierras. Por eso Perseo lo convirtió en montaña enseñándole la cabeza de Medusa. Nacía así la cordillera del Atlas.

En su vuelo de regreso a Sérifos, Perseo convirtió en piedra a la monstruosa diosa marina Ceto, salvando así a la princesa etíope Andrómeda. Tras rescatar a la princesa, Perseo la tomó como esposa. Entonces Fineo, anterior pretendiente de la joven, reunió a sus hombres y se enfrentó al héroe. Pero Perseo salió victorioso, y después de pasar un año en Etiopía y tener un hijo con Andrómeda, regresó a Sérifos. 



Perseo y Andrómeda. Mosaico romano. 
Siglo II-III d.C. aprox.
En su ausencia, Polidectes había tratado de raptar a Dánae. Ahora, la madre de Perseo se refugiaba en el altar de Zeus. Cuando Perseo acudió ante el rey Polidectes y le informó de que había conseguido la cabeza de Medusa, el rey lo acusó de estar mintiendo. Entonces, para castigar la maldad de Polidectes y burlarse de su incredulidad, Perseo le mostró a la cabeza de Medusa y lo convirtió en piedra, salvando así a su madre del cruel rey. Después, Perseo entregó el trono de Sérifos a Dictis, quien lo había recogido del mar y criado cuando era un niño, y que era el legítimo rey. 

Tras derrocar a Polidectes, Perseo intentó reconciliarse con su abuelo, pero el rey Acrisio se negó a verlo por temor a la profecía. Más tarde, Perseo participó en una competición en la ciudad de Larisa. Sin saberlo, el rey Acrisio acudió como espectador. Lanzando un disco, Perseo alcanzó y mató accidentalme a Acrisio, cumpliéndose así la profecía del oráculo. Aunque Perseo se convirtió en el nuevo rey de Argos, avergonzado por la muerte de su abuelo, decidió cambiar su reino por el de su primo. Así, Perseo recibió la corona de Tirinto y fundó la ciudad de Micenas, futura patria de Agamenón, donde reinó hasta su muerte junto a su esposa, Andrómeda.



Fuentes:
Apolodoro, Biblioteca mitológica.
Pausanias, Descripción de Grecia.
Ovidio, Metamorfosis

  

viernes, 15 de abril de 2016

Prometeo, de Goethe

«Cubre tu cielo, Zeus,
con un velo de nubes,
y juega, tal muchacho
que descabeza cardos,
con encinas y montañas;
pero mi tierra
deja en paz
y mi cabaña,
que tú no has hecho,
y mi hogar,
por cuyo fuego
me envidias.

¡No conozco nada más miserable bajo el sol
que vosotros, dioses!
Pobremente sustentáis con sacrificios
y aliento de oraciones
vuestra majestad,
y moriríais
si pordioseros y niños
no enloqueciesen de esperanza.

¡Y, cuando era niño,
no sabía por qué volvía
al sol la mirada extraviada!
¡Como si en lo alto alguien hubiera
que oyese mi lamento,
o un corazón que, como el mío,
se apiadase del oprimido!

¿Quién me ayudó
contra la furia de los titanes?
¿Quién me salvó de la muerte
y de la esclavitud?
¿Acaso no lo hiciste tú todo,
sagrado y ardiente corazón?
¿Y te consumiste, joven y bueno,
engañado, esperando algo
del que duerme allá arriba?
¿Que te venere? ¿Para qué?
¿Has mitigado el dolor del ofendido?
¿Has enjugado el llanto del sumido en la angustia?
¿Acaso no me hicieron hombre
el tiempo omnipotente
y el eterno destino,
mis señores y los tuyos?
¿Creíste tal vez
que odiar debía la vida
y huir al desierto
porque no todos los sueños maduraron?

Aquí estoy y me afianzo;
formo hombres
según mi idea;
un linaje semejante a mí,
que sufra, llore,
goce y se alegre,
¡y que no te respete,
como yo!»
Prometeo, Johann Wolfgang von Goethe 

jueves, 7 de abril de 2016

El hombre y los dioses según Benjamin Franklin

«Creo que hay Un Ser Supremo, el más perfecto, Autor y Padre de los propios Dioses. Pues yo sostengo que el Hombre no es el ser más perfecto sino Uno, ya que, como hay tantos Grados de Seres Inferiores a él, así hay también muchos Grados de Seres superiores. Asimismo, cuando extiendo mi imaginación a través y más allá de nuestro Sistema de Planetas, allende las propias Estrellas visibles según han sido establecidas, hacia ese Espacio que es en todo Aspecto infinito, y me lo figuro lleno de Soles como el nuestro, cada uno con un Coro de Mundos moviéndose eternamente a su alrededor, entonces esta pequeña Esfera en que nos movemos parece ser, incluso en mi limitada Imaginación, prácticamente Nada, y yo mismo soy menos aún que nada, de ninguna Relevancia.  
Cuando pienso, así pues, imagino que es signo de una gran Vanidad esperar que aquel que es Supremamente Perfecto fabrique en última instancia una Nimiedad tan insignificante como el Hombre. Lo que es más, puesto que es imposible para mí tener ninguna Idea clara ni contundente de aquello que es infinito e incomprensible, no puedo concebir que Él, el Padre Infinito, espere o requiera de hecho algún tipo de Adoración o Alabanza por nuestra parte, sino que él está INIFINITAMENTE POR ENCIMA DE ELLO. Pero puesto que hay en todos los Hombres algo semejante a un Principio natural que les inclina a la DEVOCIÓN o la Adoración de algún poder invisible; y puesto que los Hombres poseen una Razón superior a la de todos los demás Animales que conozcamos en nuestro Mundo; por todo ello creo que es demandado de mi persona, es mi Deber como un Hombre, rendir Homenaje Divino a ALGO.  
Yo CONCIBO por ello que aquel que es INFINITO ha creado muchos seres o Dioses, vastamente superiores al Hombre, que pueden comprender sus Perfecciones mejor que nosotros, y devolverle una Alabanza más racional y gloriosa. Es esto igual que para los Hombres, entre los cuales la Alabanza de los Ignorantes o de los Niños carece de valor para el ingenioso Pintor o Arquitecto, a quienes honra y complace más bien la Aprobación de Hombres sabios y Artistas.  
Puede ser que estos Dioses creados sean inmortales, o puede que tras muchas Eras ellos cambien y Otros ocupen su Lugar. Comoquiera que sea, imagino que cada uno de éstos nos sobrepasa, sabios y buenos y muy poderosos; y que cada Uno ha fabricado para sí un Sol glorioso asistido por un hermoso y admirable Sistema de Planetas. Es ese Dios sabio y bueno en particular que es Autor y Dueño de nuestro Sistema a quien yo propongo como el Objeto de mi Adoración y mis Alabanzas.  
Y es que concibo que él alberga algunas de esas mismas Pasiones que ha implantado en nosotros, y que, puesto que nos ha dotado de una Razón mediante la cual somos capaces de observar su Sabiduría en la Creación, él es capaz de preocuparse de nosotros, complaciéndose con nuestras Alabanzas y ofendiéndose cuando lo despreciamos o ignoramos su Gloria. Pienso por muchas Razones que él es un buen Ser, y puesto que yo debería ser feliz de contar con un Ser tan sabio, bueno y poderoso como Amigo, ahondaré en qué Manera debo yo buscar su aceptación.  
Junto con la Alabanza que su Sabiduría merece, creo que él se complace en la Felicidad de aquellos a quienes ha creado; puesto que sin Virtud el Hombre no puede alcanzar la Felicidad en este Mundo, y creo firmemente que él se complace al comprobar mi Virtud, porque él se alegra cuando me ve Feliz.  
Y puesto que ha creado tantas Cosas que parecen meramente diseñadas para el Deleite del Hombre, creo que él no se ofende cuando ve a sus Niños solazarse de cualquier manera mediante Ejercicios y Placeres inocentes, y creo que no hay Placer inocente que pueda ser dañino para el Hombre.  
Lo amo así pues, por su Bondad y lo adoro por su Sabiduría.  
Espero no dejar de adorar a mi Dios constantemente, ya que es su Deber, y es todo lo que yo puedo devolverle por sus muchos Favores y gran Bondad hacia mi persona; y espero mostrarme decidido a obrar con virtud, de forma que pueda ser feliz, y que pueda satisfacerle a Él, que se complace de verme a mí feliz. Amén.»

Benjamin Franklin, 20 de noviembre de 1728.

lunes, 4 de abril de 2016

La creación del universo y los dioses según Tito Lucrecio Caro

«Ellos no crearon el mundo para nosotros, ¿por qué habrían de hacerlo? No crearon al hombre, ¿cómo podrían? No concibieron la misma idea del hombre hasta que la naturaleza y las causas naturales, la unión de los átomos, les mostraron la manera. Además, los dioses eran absolutamente felices tal y como existían, y la creación del hombre no habría podido incrementar su felicidad. Después de innumerables intentos e innumerables fracasos, la concurrencia de los átomos formó el mundo de forma gradual.»
Lucrecio, De Rerum Natura (Libro V), siglo I a.C. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Los hombres y los monstruos según Robert E. Howard

«Han desaparecido. Las harpías, los hombres murciélago, las criaturas aladas, el pueblo de los lobos, los demonios, los duendes... [...] Larga y cruel fue la guerra, arrastrada durante siglos sangrientos, desde que los primeros hombres, saliendo del limo de la era simiesca, se alzaron contra los que entonces gobernaban el mundo. Y, finalmente, la humanidad triunfó, hace ya tanto tiempo que sólo los escombros de las leyendas permiten que aquellos tiempos remotos lleguen a nosotros atrevesando los siglos.»

Robert E. Howard, El Reino de las Sombras.

viernes, 20 de junio de 2014

Ragnarök, el destino de los dioses

En el fin de los tiempos, tres inviernos de grandes luchas se sucederán en todo el mundo. Los hombres se enfrentarán a sus propios hermanos movidos por la codicia y sobrevendrá entonces un terrible invierno sobre el mundo que durará tres años más. Soplará un frío gélido y, desde todos los confines, descenderán tormentas de nieve que oscurecerán el cielo. 

Los lobos devorarán el sol y la luna y las estrellas caerán del cielo. Toda la tierra se estremecerá: las montañas se derrumbarán y el mar se volcará sobre la tierra, agitado por la serpiente de Midgard, que se revolcará con violencia y corromperá el aire y las aguas con su ponzoñoso veneno. Se soltará el barco Naglfar, construido con las uñas de los muertos, y es por ello, para no aumentar el tamaño de Naglfar, que los hombres deben morir con las uñas cortadas. El gigante Hrym lo conducirá, y será libre también Fenrir, el lobo hijo de Loki, el cual, echando fuego por los ojos y las fauces, devorará cuanto encuentre a su paso. Se quebrará entonces el cielo y descenderán cabalgando de la brecha los hijos de Muspel, el mundo del fuego, liderados por Surt. Envuelto en llamas, éste blandirá su espada, más brillante que el sol, y destruirá junto a los demás el puente Bifrost, que conduce al reino de los dioses. 

El lobo Fenrir. Manuscrito islandés del siglo XVI.
Entonces acudirán al llano de Vigrid el lobo Fenrir, la serpiente de Midgard, los hijos de Muspel y los gigantes de la escarcha, liderados éstos por Hrym, y también Loki, a quien le seguirán todos los hombres del infierno. Cuando esto suceda, Heimdal el blanco tocará con fuerza el cuerno Giallarhorn, despertarán los dioses y éstos se reunirán para deliberar. En busca de respuestas, Odín cabalgará a la fuente de Mimir, quien aconsejará a los dioses. Éstos se pondrán sus arreos de combate y llamarán a los guerreros caídos de Valhalla y Vingolf. El fresno Yggdrasil se tambaleará, y comenzará en aquel momento la batalla final de los dioses

El dios Loki. Manuscrito islandés
del siglo XVII.
Odín cabalgará el primero hacia el enemigo, armado con su yelmo de oro, su brillante cota y la lanza Gungnir. Se enfrentará al lobo Fenrir, y Thor estará a su lado luchando con la serpiente de Midgard. Frey luchará contra Surt y mantendrá con él un terrible combate, pero morirá, pues no tendrá consigo la espada que le dio a Skirnir. Se soltará entonces el perro Garm, un monstruo terrible, que se enfrentará a Tyr. Ambos se destruirán mutuamente en la batalla. Thor logrará dar muerte a la serpiente de Midgard, pero, abatido por su veneno, caerá muerto a tierra tras dar nueve pasos. El lobo Fenrir devorará entonces a Odín. Vidar correrá a enfrentarse a la bestia y, pisando su mandíbula inferior, cogerá la superior y le abrirá la boca hasta desgarrársela y matarlo. En el pie con que pisará la mandíbula de Fenrir llevará un zapato hecho con los picos que los hombres recortan de sus sandalias para dejar al descubierto los dedos y el talón. Es por eso, para ayudar a los dioses en su batalla, que los hombres deben apartar esos picos. Loki se enfrantará a Heimdal y ambos se matarán el uno al otro. Nadie acabará con Surt, que lanzará su fuego sobre la tierra y abrasará el mundo entero. 

La batalla de los dioses, por Friedrich
Wilhelm Heine, 1882. 
Pero en el futuro la tierra emergerá de nuevo de entre las aguas, verde y hermosa, y el sol tendrá una hija, Alfrodul, quien traerá otra vez la luz al mundo. Vidar y Vali, que sobrevivieron a la batalla de los dioses, vivirán en el campo de Idi, donde antes estuvo Asgard. Llegarán allí los hijos de Thor, Modi y Magni, que blandirán su martillo, Mjiollnir, y Balder y Hod regresarán del infierno. El hombre volverá a poblar la tierra finalmente, pues en el bosque de Hoddmimir se ocultó del fuego de Surt una pareja de humanos, Lif y Liftrasir, quienes engendrarán a una numerosa descendencia. 


Fuente:
Snorri Sturluson, Edda Menor.

viernes, 2 de mayo de 2014

Nostalgia por lo desconocido, por Clark Ashton Smith


«En ocasiones, se adueña de mí la nostalgia por lo desconocido, por tierras ya olvidadas o aún por descubrir. Anhelo a menudo el fulgor de soles amarillos, resplandecientes sobre terrazas de translúcido mármol añil que recuerdan a las aguas insondables de lagos en calma. Anhelo la visión de legendarios palacios perdidos, de serpentina, de plata y ébano, cuyas columnas se asemejan a verdes estalactitas. Anhelo los pilares de templos derruidos, alzados una vez en el amplio ocaso púrpura de una tierra de romance perdido. Suspiro por el verde oscuro de profundos bosques de cedros, a través de cuyas ramas, tejidas con prodigio, se atisba a intervalos un desconocido océano tropical como destellos de diamante azul. Suspiro por las islas de palmeras y coral recortadas sobre una mañana ambarina en algún lugar más allá de Catay o Taprobane. Suspiro por las extrañas ciudades ocultas del desierto, con sus orgullosas cúpulas ardientes y esbeltas agujas de oro y cobre que hienden un cielo de intenso lapislázuli.»

Clark Ashton Smith, Nostalgia por lo desconocido.